20 junio 2008

Sentados frente al televisor, acaban de ver una película. Él fuma. Ella, revuelve los restos de cabritas que quedaron. Con su dedo índice toma un poco de azúcar flor y sopla en la cara de Él. Ella ríe al ver la reacción de su novio, quien no dice nada hasta un rato después de estornudar: la película no le gustó. Ella mira hacia el techo y se queda un rato pensativa. Para Ella es la mejor historia que ha visto en años. Se lo dice. Él la mira, le besa la nariz y le pregunta porqué. Ella vuelve a jugar con las palomitas, se lleva un dedo a la boca y tras unos segundos le dice: “pues por que si… me olvidé que estabas a mi lado, dejé de pensar en lo que pasó hoy, fue como si el tiempo se hubiera detenido”. Él no la mira ya. Se ríe y le dice cursilerías. Ella sólo juega con el azúcar y de tanto en tanto lo mira con cara de reproche. Ambos está preguntándose si a ellos puede pasarle lo mismo que a la pareja de la película: su relación se terminaba pero ninguno de los dos era capaz de acabar con las cosas definitivamente. Ella creía que sería lo suficientemente honesta como para cortar de inmediato con él. Él, por su parte, creía imposible que pudiese llegar a alejarse de esta mujer, que había sido la única mujer a la que Él había amado, la única que sabía sus miedos, la única que Él deseaba, la única. Se lo dijo: “tú eres la única”. Ella se quedó con el dedo a medio camino hacia sus labios y sonrió. Él la miró unos segundos hipnotizado y le sonrió de vuelta. Esa noche sentados frente al televisor, se dieron un beso que ambos sabían sería uno de los más sinceros que podían darse. Ella, con el miedo de que fuese el último; Él, con la certeza de que serían muchos más.

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