30 enero 2013

Margarita


Estamos en Quilpué. Una tarde de verano, le ayudo a pelar papas a mi abuela para el almuerzo. Soy chica y eso es lo único en lo que puedo ayudar. Hace calor, por lo que la puerta está abierta para que entre el aire marino. En verdad, no es aire marino, pero la casa de mi abuela da hacia el mar y a mí me gusta creer que la playa está cerca y que nos alcanza la brisa. Me asomo a la puerta, buscando sentir olor a playa; mientras, la Margarita me habla de los ojos de las papas. Mi mamá dice que son acumulación de no-sé-qué toxina que hace daño y hay que sacárselos. Mi abuela, en cambio, me mira con complicidad y me cuenta que sí son ojos, que nos miran, que son los ojos de las brujas que se mueren y siguen haciendo hechizos en la tierra. Me habla de que su madre le enseño a hacerlo con cuidado. Yo la miro y le creo. Pero no me atrevo a sacar algún ojo por miedo a que las brujas se venguen. Sólo pelo papas, están calientes, pero mi abuela deja que corra agua de la llave para que refugie mis dedos.
Al rato me aburro de las papas y me voy al patio. Pensé que estaban mis hermanos, pero como no los encuentro, me dedico a jugar con una planta rara que tiene mi abuelita, corto una de las ramas y juego a barrer el suelo. Me aburro y vuelvo a la cocina. Ya terminaron con las papas. Ahora no tengo nada más en que ayudar. Busco a mi abuela, que está en un rincón de la cocina. Suena el aceite en la sartén, huele a pescado. Soy muy chica y estorbo, me dicen; tengo que salir de la cocina.

Pensaba en los recuerdos. No es mía la idea de que con el tiempo éstos se van tiñendo de nuestras vivencias y cambian. Se ensucian, si, pero a la vez se van cubriendo de un aura especial. Se van convirtiendo en otra realidad, hasta llegar al punto de que no somos capaces de dilucidar si ocurrieron realmente así. Mi infancia está plagada de recuerdos sumamente sensitivos: el olor a cierto abrazo, la música que sonaba mientras jugaba en la sala cuna, la sensación de las papas en mis manos mientras mi abuela me habla de sus plantas. A medida que pasan los años, todo esto se mezcla, ya no sé distinguir entre lo que sucedió realmente y lo que surgió en mi imaginación. Hasta qué punto los residuos constituyen una idealización? En mi caso al menos, se han vuelto cada vez más dulces, más suaves las penas que viví. Tienen el sabor de la nostalgia, están cargados con el peso de aquello que es imposible revivir. Puedo sin duda volver a visitar la casa de la Margarita, puedo en algunos años más tener a mi hija pelando papas con mi madre y buscar el aire marino que viene del exterior. Puedo quizás volver a escuchar con la inocencia con la que escuchaba a mi abuela. Se puede por un mínimo instante traer a la memoria lo vivido, así como se relee al libro que nos ha logrado conmover. Sin embargo, será imposible recolectar lo que ha dejado el tiempo en mi vida y tener a mi abuela a mi lado hablándome de los ojos de las papas, volver a sentir su mirada mientras construye un mundo para mí...

19 mayo 2012

Quisiera


Quisiera escribirte una carta larga y leértela de frente, quisiera poder estar escribiéndola en papel, pero los nervios hacen temblar los trazos y me delataría en la primera línea. Quisiera no tener la necesidad de escribirte esta carta. A veces, sólo a veces quisiera que se desvanecieran algunos recuerdos que me apenan.  Sólo a veces, sobre todo en las noches en que tu recuerdo cae sobre mí con el peso de la distancia, con la ironía de la imposibilidad. Aun hoy siento deseos de besarte, mirarte a los ojos y esperar encontrar en tu mirada esos resquicios de esperanza. Cuántas veces te observé esperando encontrar ahí, en tus ojos, alguna pequeña ventana hacia lo que escondías, lo que te negabas y, en consecuencia, me negabas a mí. Cuántas veces esperé que descifraras lo que tenía guardado para ti. Quiero escribir esta carta porque no te olvido. Y tú sólo dices “qué puedo hacer”. 

18 enero 2011


hacer cálculos mentales, coordinar las fuerzas, concentrarse.
Se puede hacer mucho para intentar olvidar. Pero cuando te acuerdas, es como si por un pequeño agujero empezara a filtrarse el mar. Es sólo la consecuencia de no querer cerrar todas las ventanas desde un principio.

11 enero 2011

enero 2010

Viajo a Quilpué por el día, sólo tengo que retirar unas pastillas y volver  Santiago. El bus viaja por Las Palmas (eso significa que entra desde el poniente y no desde el oriente como acostumbro siempre). Voy pasando el paradero 30 y recuerdo la casa de mi abuela, la primera. O al menos, la primera que conocí yo. Todos mis recuerdos de ella están ligados a esa casa: sus costumbres, sus mañas, sus enseñanzas. Mi abuela me crió ahí, y en esa casa quedaron para siempre enterrados los recuerdos de una infancia feliz.
Hace más de 15 años que no volvía a caminar por esas calles. Lo primero que veía al acercarnos, era un letrero de dos metros: ILKU. No recuerdo que es, pero siempre lo relacioné con autos. Luego del cartel, doblábamos a la izquierda y luego a la derecha en la primera calle. Siempre en la esquina, una tienda, de esas de barrio con sus carteles de helado y dulces a cien. Desde hace tantos años y el local seguía abierto. La Patty lo atendía. Mi abuela siempre tenía que decirle que no le vendiera dulces a la Vero, mi tía. La Patty sabía que eramos los sobrinos de la Vero y, a veces, tampoco nos vendía a nosotros. Quizás sospechaba que mi tía nos pasaba plata a escondidas de mi abuela para que le compráramos. A cambio, recibíamos algunas monedas. Con diez pesos, comprábamos 10 alkas. Yo compraba aunque no me gustaran. Prefería los mediahora, pero esos eran más caros. Mi tío Pato mandaba a comprar cigarros a mi hermano y él se quedaba con el vuelto. En cambio, los fines de semana nos peleábamos por ser el que fuera a comprar la cassatta del almuerzo. Teníamos grandes batallas por decidir a quién le tocaba la siguiente vez y debíamos resolverlo rápido: el local de la Patty estaba cruzando el pasaje.
Hoy, cuando volví a ver el negocio abierto, no pude evitar recordar todas aquellas veces que entré a comprar en él. Tantas historias que envolvieron mi infancia. Me asombró que siguiera abierto, como si el tiempo en ese pasaje estuviese detenido desde la última navidad, desde las últimas vacaciones. Todo era como lo recordaba: la silla afirmando la reja a medio abrir, los carteles desteñidos amarrados con pitilla, los envases de dulces (los mismos!) a la derecha del local y la silla de la Patty detrás del mostrador. Pero sin la Patty, porque ella se asomaba después de un rato, como siempre.
La casa también estaba detenida. Estaba vacía, repintada de un color zapallo. Era demasiado vistoso para la simplicidad que siempre tuvo. Además, el color era lo único nuevo. A su alrededor crecían las malezas, los arbustos creciendo sin forma, los rosales desbordantes de pequeños botones rosados. Esos los plantó mi abuela, pensé. Al fondo, aún crecían los ciruelos de frutos amarillos. Todos los veranos, la Margarita hacía kilos de mermelada ácida con ellos. Y jugo. Y postres. Llegaba la poca de fiestas y todos los almuerzos tenían algo de esas ciruelas. Cuando saliamos a jugar, teníamos que tener cuidado de no resbalar con los cuescos. Tenían la piel tan delicada, que al caer, se reventaban en el piso y manchaban de un tono ocre todo el patio. Mi abuela, con paciencia, se dedicaba a recoger la  fruta que pudiese usarse. Todos los días, todos los veranos. Y el árbol sigue ahí, manchando el piso, dando sombra en la pieza grande, la pieza de mi abuela.

24 septiembre 2010

intersección


sincronía. 
si pudiese enumerar las bondades de una relación, una de las más atractivas es sin duda alcanzar algunos instantes de ella.
es algo así como compartir un tiempo más allá del tiempo.
coordinar las intensiones.
cruzar las voluntades.
bonito, no?

16 agosto 2010

encuesta



Ante esto, silencio. Ante lo demás... bueno, ante lo demás no sé que hacer!

03 abril 2010


corriente abajo, es lo que le dijeron, es lo que vio en la tele y de lo que no se pudo abstener.