16 junio 2008

ella y él.

A ella no le gustan los sombreros. Le gusta dormir con su cama pegada a la pared y siempre que le hablan de sexo, se mira los zapatos y sonríe. No es que le avergüence el tema, sólo quiere evitar que vean el brillo en sus ojos, pues inmediatamente se acuerda de una película que le causó mucha gracia cuando era pequeña. Se trataba de un documental acerca de la vida en la edad media, y mostraban las sábanas que usaban las mujeres cuando sus esposos querían poseerlas (esa palabra es una de sus favoritas, dice que esconde tanta pasión contenida, que disfruta cada vez que Él se la repite). Las sábanas tenían un agujero a la altura de su pelvis y la mujer debía esperar recostada con la sábana puesta encima a que su marido se hiciera presente con sus atributos. Él disfrutaba cuando ella le contaba la escena, incluso intentaron jugar a que ella era la esposa devota y rompieron una sábana de lino para sentirse en la época. Él nunca se lo ha confesado, pero una de las cosas que más lo enamoró de ella fue el modo de mirarse los zapatos cuando hablaban de sexo.
Todos los días antes de irse a dormir ella se mira al espejo y mueve la nariz. Una vez Él la vio haciendo esto y se sintió tan enamorado que al otro día llegó con tres matitas de violetas para adornar el baño y el balcón. A ella no le gusta cuidar plantas, pues siempre sufre cada vez que una muere. Quiere sentirse responsable por una vida, pero las platas no han sido una alternativa. Sin embargo, las violetas llevan un año en el balcón y aún sobreviven. A él sí le gusta tener plantas, y las violetas son sus flores preferidas; las mira cada vez que se sientan a ver televisión en el living.
Él escucha música con cinco barras del volumen. A ella le gusta escucharla al máximo. El cd por el que pelean es una compilación de un artista que ambos desconocen, pero que encontraron en la casa cuando la arrendaron, hace más de tres años. Desde ese día que ambos disfrutan esa música juntos. Una vez ella iba caminando por Recoleta y creyó escucharla en una tienda. Se devolvió buscando de dónde provenía la música, pero no volvió a escucharla. Eso le ocurrió el mismo día en que fue con él al cine y al volver a su casa, él la tomó del brazo y caminado juntos ella rió al darse cuenta de cuánto lo amaba. En ese mismo instante, Él se sorprendió de verse reflejado en los ojos color almendra de ella. Ambos se sentía felices ese día y caminaron durante horas buscando algún lugar donde cenar. Pero eso no era lo que importaba. Podía entrar a cualquier boliche y comer un completo de esos que sirven cuando uno está o ha estado hace poco ebrio. Ellos sólo querían caminar del brazo, juntos, como una pareja del siglo XIX. Se sentían en un eterno descubrirse, cómo cuando uno recorre el pueblo en el que ha vivido siempre, pero se sorprende por una plaza, un árbol, una casa que siempre ha permanecido ahí, y que es primera vez que observamos con detención.

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