11 junio 2008

vieja historia ya

“Durante los días en que creí que yo tenía algún poder para sanarte, escuchaba esta canción y me parecía tan factible la opción de que tu felicidad estuviese fuertemente ligada a lo que yo pudiera darte. Recuerdo una mañana sentados bajo los naranjos. Sólo un día, sólo por una hora… ¡qué felicidad! Pienso y creo que me hace falta volver a sentirme así. Qué inocencia. Me gusta creer que tú te sentías igual”.
“No es tiempo ya de confesiones”, le dijo ella. Sin creer en lo que decía, continuó: “pocas cosas son capaces de devolverme la imagen que tenía de ti… tantas cosas han pasado que creo que cada vez puedo retener menos de lo que sentí. Pero este ritmo y, claro, volver a toparme con esos naranjos un día de lluvia, me devuelven íntegra la imagen de aquel de quien me enamoré…”. Se sorprendió (él también) pues era la primera vez que utilizaba esa palabra para referirse a lo que había pasado. Él sólo lo intuía, ella ya estaba más que segura que era imposible ponerle otro nombre al recuerdo: amor, sólo eso, amor. Pasaron minutos en silencio. Él ya no tenía el valor para besarla, mientras que ella no creía que tuviese algún sentido tratar de tener un nuevo acercamiento. Ambos se sentían confundidos. Ella, con un sentimiento ya ampliamente madurado; él con una idea aún confusa acerca de lo que ella había significado en su vida.
Ambos, de pie, siendo por primera vez sinceros, se miraban a los ojos. El tiempo, la distancia, el silencio, las circunstancias, habían hecho que ellos pudiesen estar así frente a frente sin sentir ya tanta culpa. Pero también a esos mismos factores les cabía la culpa de que ellos no pudieran asociar ya sus cuerpos, sus imágenes a lo que habían sentido en aquella ocasión bajo los naranjos.

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