...que más bien no es la historia, sino que una de las historias que vivo en soledad. Y me vuelvo a corregir, pues no hablo de una absoluta soledad: más bien son historias de a dos que, paradójicamente, vivo sola. (y no me vengan con el cuento que la vida se vive así, que dos no se pueden sentir como uno, ya que aunque nunca lo he vivido tengo la certeza -¿o la esperanza?- de que algún día me va a ocurrir a mí).
Paso a relatar: día X, micro X, ropa X, ánimo por el suelo, mucho sueño y casi a punto de llover. Como siempre, subo a una de mis queridas "transantiago" directo al último asiento. Hasta ahí, no hay nada fuera de lo común. Lo bueno pasó a continuación. Miro a mis compañeros de recorrido y mis ojos se cruzan con los de un jovencillo bastante atractivo. Como en las sucesivas miradas encuentro acogida, continúo con mi juego preferido, hasta que descubro que él se tiene que bajar. En un instante pensé salir del último asiento y bajarme junto a él, pero lo único que atine a hacer, fue despedirlo con la mano y decirle un significativo adiós. Poco puede tener de novedosa mi experiencia, sin embargo, creo que fue amor. Sin importar si él sintió siquiera la pasión de las miradas, fue un instante memorable.
Sólo un ejemplo de eso detalles eternos en momentos fugaces...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario