07 noviembre 2008

A las tres de la tarde retumbó un ruido sordo en la habitación. La mirada perdida no alcanzó a distinguir de donde provenía la pertubación. Hace horas esperaba. El silencio ya no abrumaba sus pensamientos como antes, sólo esperaba. De vez en cuando se ponía de pie, caminaba hacia la ventana esperando que apareciera alguien tras doblar la esquina, o se asomara algún conocido por medio del parque, alguien. Pero diez minutos y se cansaba de mirar y volvía al lugar donde estaba para continuar la espera. El ruido de las tres de la tarde no alcanzó a sacarlo del embotamiento. Eran las tres y sonó algo. El día continuó como si nada, hasta que a eso de las siete, escuchó tras las paredes el rumor de una cerradura. Reconoció al instante el pulso tímido de su amigo al intentar hacer coincidir la llaves. Lo sabía. Tres intentos y recién en el último hacia coincidir la llave y lograba entrar.
Confirmó la sospecha cuando, al entrar, el olor penetrante de su cuerpo le anunció que había corrido. Ese era el signo que él necesitaba. Notar el apuro era confirmar la idea de que algo escondía: una vida, una mujer, un trabajo que le desagradaría. Su amigo no le quiso decir. Sólo lo miró con la expresión esa que tenía de abandonado en el mundo (más que él, sí, más aún) y con una mueca le acercó el plato. 
Comió con desesperación. Había pasado el día entero esperando este momento: volver a verlo, pero aún así no pudo evitar comer con todas sus fuerzas, como si se le fuera la vida y con eso peligrara la seguridad de estar alerta y dispuesto si su amigo lo necesitaba. Veía en cada una de sus acciones una entrega heroica, un compromiso total que sólo él podía cumplir. Pero el hambre era mayor. Cinco minutos después sus ojos no apuntaban más que a él.
Los celos habían quedado de lado sólo tras el placer de mirarlo. Deseaba cada instante a su lado, era como si el cuerpo de su amigo le perteneciera. Lo recorría con la mirada, urgaba en los detalles, exacerbaba sus sentidos con tal de percibir hasta el más ínfimo detalle de su comportamiento. Creía sentir con su piel el frío, con sus ojos las lágrimas, con su paladar cada bocado que se llevaba a la boca. Ya no necesitaba que le hablase para saber que pasaba por su mente.
Si hubiese podido decirlo, sin duda lo habría hecho: lo amaba. Pero él sólo era el perro y su amigo era el amo que llegaba a las siete y lo sacaba a pasear.

No hay comentarios.: