21 agosto 2008

en cinco minutos.

Me asomo a mirar. Se nota que no tengo experiencia en estas lides. Lo observo. Cuando me mira, doy vuelta la cabeza como si señalase con ello que no me interesa volver a toparme con su mirada. Me pierdo mirando el paisaje, me detengo en una casa en venta, olvidada, una que fue en algún momento hogar, pero que hoy sólo son los escombros de los que alguien se quiere deshacer. Esa casa ha estado así desde que iba al colegio y la micro daba vueltas por esa calle para evitar los hoyos y los tacos. de la casa me voy al reflejo. Él me mira de frente. Yo, únicamente por el reflejo pero con eso me basta. Desde hace unos años, me conformo con eso: los reflejos. Aunque es mejor así: se descubren más detalles. Una mirada a los ojos suele poner a la defensiva al otro. O si miras demasiado sus manos, sus gestos, si exploras en sus detalles, la persona presiente que hay algo de malo en ellos y se mueven confundidos tratando de eliminar lo que llama tu atención. El reflejo y él. Sí, he madurado. No miro el reflejo nada más. Me paseo desde su imagen en la ventana a su cara, cuando veo que mira a su amigo y ya no espia si lo busco o no. Pero me presta más atención a mi que a su amigo, así que gran parte del tiempo me conformo con la ventana. Se cruzan y perturban mi observación una serie de cosas que me remiten a historias pasadas. La calle donde vives tú, por ejemplo. Y esa calle es la culpable de que luego piense en las veces que caminamos por ahí, y luego me llevan a las veces que te miré a los ojos sin pensar en que ya desde ese momento te amaba. Y luego tus manos. Y luego tú. Y luego otra vez los días en que nos vimos en esa calle. Fueron pocos, lo sé. Pero no los olvido. Y de la calle paso a mirarlo a él, quien me espera. Está buscando mi mirada y yo satisfago su deseo. Sin embargo, él tiene más fuerzas que yo, más voluntad, y mis ojos acaban por volver a la ventana y al reflejo con el cual me he debido conformar. Pienso en que no han pasado más que cinco minutos, pero que ese hombre es ya parte de mi vida. Y es que el tiempo no es uniforme. Como todas las cosas, dependen de la medida que le demos en la vida. Y esos cinco minutos han sido como el año que me he dedicado a conocer a otras personas. Para ti, bastan cinco minutos e incluso menos y ya tienes espacio en mi vida. Cinco minutos y ya viene el final. Te vas. Pero no te vas sin dejarme un regalo. Cinco minutos, varias miradas, un recuerdo y una sonrisa que me queda como una promesa. Espero que se cumpla: una promesa de que esa no será la única vez.

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