05 noviembre 2009

Habla bajito.

- Habla bajito… - le dice ella con la impresión de que en cualquier momento entra alguien y los descubre.
El se va a sentar a su lado y le habla bajito, tanto, que ella tiene que acercar su oreja hasta su cara para poder oírlo. Y así, están un rato, mientras él le relata todo lo que había visto la noche anterior. La tía se escabullía todas las noches a la pieza de Alberto, el primo mayor que recorrió cientos de kilómetro para estar en el funeral. Ella escucha el relato con fascinación. Entre primos no se pueden tener secretos y él cumple con darle todos los detalles. Ella disfruta. Le da la impresión que su tía esta metida en una historia de cuento y que sólo ellos dos son testigos de este amor. Pensar en eso la estremeció: sentir esa conexión con su primo la atrae más allá de sus fuerzas, pero le asusta que esa relación termine en otra cosa. Sus amigas ya le habían advertido que su primo la miraba más de la cuenta, pero él es tan simpático, que se niega a dejar de verlo. No rehuían las miradas. No se conformaban con sólo verse; inventaban siempre un modo de estar a solas y conversar. Él le traía secretos, ella, compartía las cosas de la escuela.
Ésta es la primera vez que están tan cerca. Ella lo escucha atenta, pero no puede evitar desconcentrarse con la sensación de sentir como respira, como cierra los ojos levemente para hacerle creer que lo que cuenta es de una seriedad suprema. Ella lo escucha y piensa en que él no percibe que a ratos roza su oreja con sus labios. Su pelo negro se interpone en la confesión: ella se lo arregla en el mismo instante en que él levanta su mano para ayudarla. Sus manos se tocan, él deja de susurrar. Se miran. Es sólo un instante y ella no cabe más en su felicidad. Está atónita. Él no deja de mirar sus ojos claros.
Suenan unos pasos en la habitación contigua. Ambos reaccionan con la sensación de haber cometido un pecado. Están en el funeral de su abuela y deberían rezar junto a los primos menores. Deberían, pero están ahí. Ella le dice en un murmullo casi inaudible, que no se arrepiente. Se sonroja y se arrepiente de lo que dijo. Pero se averguenza más cuando él tímidamente se le acerca y pega sus labios a los suyos. Nada más. Un beso del muchacho tímido, su primer beso, un beso con su primo, unos segundos de felicidad absoluta mientras abajo todos lloran y rezan por que un cáncer se llevó la vida y el dinero de su abuela. Lloran mientras ella se siente el ser más dichoso del mundo por que está viviendo lo que hace años esperaba. Podrá contarle la experiencia a sus amigas y quizás hasta la dramatice. La niña no va a olvidar cuán orgullosa está de tener su primera aventura amorosa. Graba los detalles en su memoria: primero el secreto, luego el silencio, las miradas y él acercándose milímetro a milímetro como si su prima se fuese a negar.
Lo que para ella fueron minutos de gloria y felicidad, para él en cambio fue un segundo que se perdió entre la vergüenza y la perplejidad de no saber como continuar. Sus amigos no le habían comentado que más debía hacer.
Están un rato así, boca con boca sin saber con certeza si deben alejarse tras un rato o si continuar hasta que alguno de los dos se canse y se aleje. Como había visto en las películas, ella cree que debía abrazarlo y mover su cabeza para darle más emoción a la circunstancia. Lo hace. Él le sige el juego y también se mueve, pero entende menos mientras más se mueve. Ella cree conveniente gemir levemente, tal cual había visto en las películas. Él sin entender todavía, ríe de lo extravagante que le parece todo. Ella se siente ofendida y se pone de pie de un golpe. Él no alcanza a reaccionar a tiempo y se queda con los labios estirados en el aire.
Al verlo así, es ahora su prima quien ríe. Ambos se sinten plenos de su osadía y se echan a reír en el sillón.

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