12 julio 2008

se distanciaron


Se distanciaron. Él no soportó que ella le recriminara varias veces al día por no decirle lo que sentía. Vivían una crisis, pero aún así, la pasión los embargaba cada vez que se veían. Muchas parejas comienzan a perder el impulso sexual y eso desgasta las relaciones, pero como ella misma decía, lo suyo era comunicacional: él perdió la costumbre de expresar lo que sentía y ella, por su parte, dejó de creer que sus sentimientos tuviesen alguna relevancia para su novio. El sexo fue lo último que dejó de ocurrir en su relación. Sin proponérselo, él la deseaba sin censura, la miraba ir y venir cuando ordenaba la casa, deseaba tocarla, tenerla en sus brazos durante horas, besarla como cuando recién comenzaron. Ella, por su lado, sólo lo miraba de reojo, pero no abandonaba los sueños donde él siempre era protagonista, lo deseaba quizás más que antes por el mismo hecho de saber que les quedaba poco tiempo juntos. La pasión que sentían, de un modo inexplicable, era su último lazo.

Ambos sabían que en algún momento todo acabaría, pero ella no creyó que ocurriría tan pronto. Él se enteró luego, pues mientras dormían despertó y cuando quiso abrazarla, ella ya no respondió gimiendo suavemente y entregándose a sus caricias. Para ella fue cuestión de un instante, tras haber tenido un intenso encuentro y descansaban juntos como siempre. Ella sólo pensaba que aún podía quedar algo entre ambos; él, pensaba en volver traerla nuevamente hacia su cuerpo y dormirse así. Ella recordó las dolorosas peleas que habían tenido tiempo atrás, cuando suspiró sin quererlo. Él notó que había algo de decepción en su gesto, pero sin atinar a decir nada, estiró su mano y acarició su nuca. Fue ahí. Ella se sintió sucia, como si todo lo que le había dado él esa noche fuese sólo una especie de acuerdo tácito para mantener los finos hilos que aún los unía. Sintió que estaba siendo pagada por la compañía que él le daba. Sintió que para él esto sólo había sido una noche más como cualquier noche que cualquier mujer pudiese darle. Creyó que para él esa noche no escondía un interés sincero, sino sólo una provocación por palabras pretéritas que ella había pronunciado sin querer y que lo habían herido.

Él recorrió con una mano su espalda y la posó en su cintura. Le pareció exquisita la tibieza de aquel cuerpo que había sido suyo tantas veces. Sonrío por que, aunque él también preveía el fin, los instantes con ella eran siempre inolvidables. La deseaba, sin duda la deseaba, pero había algo que estaba destruyendo el amor. No podían culpar a la rutina: vivían en constante descubrimientos: él la veía moverse siempre de una manera nueva; ella, siempre creía ver en él gestos nuevos, ideas nuevas que la emocionaban y fortalecían la imagen que tenía de él. No podían tampoco culpar a la aparición de terceros en la vida del otro, pues aunque suene cliché, no existía persona en el mundo capaz de equiparar lo que sentía el uno por el otro.

Ella lo supo antes que él: la pasión (eso que los unía) había muerto. En el preciso momento en que él posó su mano en su cintura, lo que ella sintió fue rechazo y no la emoción de sentirse aún deseada por ese hombre que hace unas horas estaba besando con pasión infinita, ese hombre que antes amaba y ahora miraba y sentía como a un extraño.

Él no lo supo hasta después. Conversaban en la cocina de nimiedades, ella preparaba su desayuno y él lavaba los platos. Los invadió un momento de silencio que ya se había establecido en su relación como un subterfugio para ocultarse la verdad. Ella no lo miraba, pero él quería coincidir con su mirada. Tras un momento, decidió buscar excusas para lograrlo. Tosió, no atinaba a encontrar las palabras precisas para iniciar alguna conversación como las de antes. Su voz sonó seca cuando se lo dijo: te amo. Ella giró su cuerpo y salió hacia la sala. No hacía falta decir más.

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