30 enero 2007

(...)

Precisamente que es lo que sostiene nuestra vida? A que nos aferramos que permanecemos constantes, sin decidirnos a cortar la tenue luz que nos guía? Dos cosas: o estoy en un mal día, o simplemente estoy atoradísima de fantasías gringas. Como primera alternativa frente a mi pregunta, aparece el amor. Lo dejo. Es demasiado cursi. Por otro lado, creo que una dosis de ego no estorba cuando nos preguntamos sobre qué diablos hacemos aquí. Sin embargo, no me satisface del todo. Es mucho más gratificante dejarse llevar por la idea de que sencillamente esperamos algo fantástico puede estar por ocurrir. Punto. Si llega, genial, pues le otorga un sentido a los sufrimientos y desesperanzas. Si no llega, aun se puede seguir conservando la esperanza de que pronto algo venga. Con eso me conformo; con eso creo saber que se conforman muchos.
Pensando en lo maravilloso que podría aprontarse en mi vida, no necesito armarme de ingenio para describir la escena que me haría en realidad feliz: dos sujetos, una luna llena, algún ruido evocador detrás —una tetera silbando, por ejemplo. Hace tiempo que no oigo una—. ¿Para que la gente necesita más? Estorban los abrazos apretados, las grandes risotadas, los paisajes holliwoodenses y las canciones cursis. Talvez renuncie a mis deseos de abandonar el barco si tuviera entre mis brazos un bebé; o que mirando la playa alguien me abrazara; o volver a escuchar a mi abuela decirme que soy su regalona. No quiero más.
La melancolía surge al ver que no estoy pudiendo ser feliz con los momentos que me entrega la vida. Talvez elegí estar en un paisaje y, de pronto, me vi alejada de todo eso. Tengo frente a mi vida un panorama favorable, peor no era el que tenía contemplado en mis sueños. Comprendo que la vida no es construible. Las relaciones si, lo sostengo firmemente. La vida pasa frente a nosotros inasible. Y es además intransigente. Que diablos le importa los planes que yo tenía para la próxima semana. En una de esas vueltas que da, en dos meses me veré sin la Margo, con las mismas dudas, con los mismos anhelos, los mismos deseos inconcretos de eso que espero y no llega. Y sin embargo, hay que mantenerse en pie. Hay que buscarle el lado bueno. Hay que seguir pensando que en tres segundos más puede suceder algo que te cambie el modo de ver las cosas.
Digo que hay que buscarle el lado bueno. ¿Lo hago yo? ¿Alguien más se ve enfrentado a diario al dilema de por qué hay que continuar? No digo que el mundo se esté viniendo a pedazos sobre mi cabeza. Es que deseo que la inercia no inunde los recuerdos, que no haga que todo lo que vivo parezca parte de un plan de esperando que todo sea algo mejor, que el presente se llene de esa sensación de estar satisfecho, porque hoy fue el día que debió haber sido, conmigo presente y que sin mi presencia, el día sin duda que no podría haber ocurrido. Tranquilidad al anochecer. Sentir que la vida que vivo es la mía y no la que pretendo que los otros crean que vivo. Respirar sin la opresión de no haber hablado con él (esos “él”) cuando debía.
Nadie dijo que sería fácil. Nadie dijo siquiera que era lo más importante, ni lo que simplemente hay que dejar pasar.
Otra vez salió todo sin mucha lógica…

1 comentario:

Anónimo dijo...

recuerdo que alguna vez te hablé...o escribí?...sobre esto mismo. creo que al final concluí que era mejor ir hacia quello por lo que se supone esperamos, aquello por lo que se supone vale la inercia de vivir. Me parece que también te había dicho...o escrito...que me faltaba coraje e iniciativa para ir yo en la busqueda, todo porque no puedo lidiar con la vocecita burlona del arrepentimiento.

ahps, por cierto, sí, sigo viva (pero con la mente tan embrutecida por las vacaciones).