Viajo a Quilpué por el día, sólo tengo que retirar unas pastillas y volver Santiago. El bus viaja por Las Palmas (eso significa que entra desde el poniente y no desde el oriente como acostumbro siempre). Voy pasando el paradero 30 y recuerdo la casa de mi abuela, la primera. O al menos, la primera que conocí yo. Todos mis recuerdos de ella están ligados a esa casa: sus costumbres, sus mañas, sus enseñanzas. Mi abuela me crió ahí, y en esa casa quedaron para siempre enterrados los recuerdos de una infancia feliz.
Hace más de 15 años que no volvía a caminar por esas calles. Lo primero que veía al acercarnos, era un letrero de dos metros: ILKU. No recuerdo que es, pero siempre lo relacioné con autos. Luego del cartel, doblábamos a la izquierda y luego a la derecha en la primera calle. Siempre en la esquina, una tienda, de esas de barrio con sus carteles de helado y dulces a cien. Desde hace tantos años y el local seguía abierto. La Patty lo atendía. Mi abuela siempre tenía que decirle que no le vendiera dulces a la Vero, mi tía. La Patty sabía que eramos los sobrinos de la Vero y, a veces, tampoco nos vendía a nosotros. Quizás sospechaba que mi tía nos pasaba plata a escondidas de mi abuela para que le compráramos. A cambio, recibíamos algunas monedas. Con diez pesos, comprábamos 10 alkas. Yo compraba aunque no me gustaran. Prefería los mediahora, pero esos eran más caros. Mi tío Pato mandaba a comprar cigarros a mi hermano y él se quedaba con el vuelto. En cambio, los fines de semana nos peleábamos por ser el que fuera a comprar la cassatta del almuerzo. Teníamos grandes batallas por decidir a quién le tocaba la siguiente vez y debíamos resolverlo rápido: el local de la Patty estaba cruzando el pasaje.
Hoy, cuando volví a ver el negocio abierto, no pude evitar recordar todas aquellas veces que entré a comprar en él. Tantas historias que envolvieron mi infancia. Me asombró que siguiera abierto, como si el tiempo en ese pasaje estuviese detenido desde la última navidad, desde las últimas vacaciones. Todo era como lo recordaba: la silla afirmando la reja a medio abrir, los carteles desteñidos amarrados con pitilla, los envases de dulces (los mismos!) a la derecha del local y la silla de la Patty detrás del mostrador. Pero sin la Patty, porque ella se asomaba después de un rato, como siempre.
La casa también estaba detenida. Estaba vacía, repintada de un color zapallo. Era demasiado vistoso para la simplicidad que siempre tuvo. Además, el color era lo único nuevo. A su alrededor crecían las malezas, los arbustos creciendo sin forma, los rosales desbordantes de pequeños botones rosados. Esos los plantó mi abuela, pensé. Al fondo, aún crecían los ciruelos de frutos amarillos. Todos los veranos, la Margarita hacía kilos de mermelada ácida con ellos. Y jugo. Y postres. Llegaba la poca de fiestas y todos los almuerzos tenían algo de esas ciruelas. Cuando saliamos a jugar, teníamos que tener cuidado de no resbalar con los cuescos. Tenían la piel tan delicada, que al caer, se reventaban en el piso y manchaban de un tono ocre todo el patio. Mi abuela, con paciencia, se dedicaba a recoger la fruta que pudiese usarse. Todos los días, todos los veranos. Y el árbol sigue ahí, manchando el piso, dando sombra en la pieza grande, la pieza de mi abuela.
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